Dedicado a Federico García Lorca
Imaginar a Lorca,
—cuando sirve de quicio el Darro—,
donde vuelos de octosílabo,
donde romances
de los tristes en su paseo.
Imaginarte, Lorca.
Imaginarte llorando poemas
cual antídoto a la muerte
en las doradas vetas del Albaicín
que los de Baeza hallaran tras el destierro:
allí, en la ciudad moruna,
donde el piano sonara
a metrónomo descarnado
al compás mismo de Machado,
en un Casino que ya no es.
Lorca, lo que habría de dar,
lo que habría por encontrarme
frente contigo a frente
al cuarenta y uno de Carrera de Jesús
o pintando escarcha y musgo
en tus pulidos zapatos
harinados de senda de los huertos.
Lorca, Lorca, Lorca,
¿por qué te marcharon tan temprano?
El verso se halla en flor
y las nubes no dejan paso,
aún y todavía,
a brillantes espejos de sol.
Irreparable este vacío
dejándome a los pies de los caballos.
Imagino a Lorca: te imagino
en los exiguos huecos
de mis torpes y ansiosos versos.
