No, los gatos no saben
de rutinas vacías, de los choques
de trenes, del trabajo poco remunerado,
de visita al infierno de cada uno,
de la mal calibrada gravedad
que aguantan las materias
inmateriales
en los cuerpos sin cuerpo —lívidos, casi inertes—.
Los gatos no lo saben,
pero ¿intuyen acaso los vestigios?
